lunes, 20 de julio de 2026

 


Las brujas de Las Cacachilas 

Cuento por Eliseo Santana A.

Las brujas me pidieron no revelar la ubicación de su guarida, así que no puedo decirles que su montaña está cerca de La Paz, en la sierra de Las Cacachilas, y que si se observa a la distancia desde el camino que va a “Las Pilitas” podrás ubicar el lugar (chequen las fotos). Mis amigas brujas tienen ahí, en una enorme cueva, el Centro Regional de Brujas Buenas A.C. Aunque debo comentarles que existe otro centro con un nombre parecido pero que afilia puras brujas malas; la mayoría de estas se dedican a la política y, por cierto, en estos momentos andan en campaña… Pero eso es otro cuento; continuemos con este.

 

Por la estrecha vereda que lleva al lugar, que es casi un camino de herradura, se puede llegar difícilmente por tierra, pero las hechiceras casi nunca lo utilizan (solo las que han perdido sus poderes, su varita o su escoba). Las demás llegan volando, como toda bruja decente lo debe hacer. Bueno, pues por ese camino subimos Elsa y yo al mágico lugar.

En el trayecto pudimos observar que hay anuncios y advertencias: ¡¡¡NO ACERCARSE!!!, ¡PELIGRO!, ¡REGRESE POR DONDE VIENE! Elsa empezó a preocuparse y me preguntó:

—¿Y si mejor nos regresamos?

Le dije que no se alarmara, que había avisado al “Consejo de Brujas” la intención de visitarlas ese fin de semana en su sede y que no habría problemas.

 

El camino cada vez se hacía más empinado y difícil; algunas rocas se desprendían con facilidad al pisarlas. Faltando ya poco para llegar a la cueva, el terreno se hacía más plano, aunque la vereda continuaba estrecha, rodeada de enormes peñascos color ocre, gris y negro. De entre ellos surgían enormes torotes, palos blancos y ciruelos totalmente deshojados, muy enmarañados. Sentí que nos veían; volteé y, desde un enorme cardón, una lechuza blanca nos observaba.

El ave giró la cabeza con una lentitud que nos heló la sangre, pero en lugar de lanzar un graznido de mal agüero, soltó una risita ronca, idéntica a la de una anciana traviesa. En un parpadeo, la lechuza extendió sus alas blancas y voló directo hacia la boca de la enorme cueva que se abría frente a nosotros. Al cruzar el umbral, su silueta plumosa se transformó en la sombra de una mujer de falda larga y sombrero puntiagudo.

—Pasen, pasen, que aquí no asustamos si vienen en son de paz —resonó una voz ecoica desde la penumbra.

 

Elsa me apretó el brazo, pero la curiosidad pudo más que el miedo. Entramos. La caverna no era un lugar oscuro lleno de telarañas; para nuestra sorpresa, estaba iluminada por la luz del día que se colaba entre las grietas del techo de piedra ocre. En el centro, varias brujas jóvenes y otras de avanzada edad, vestidas con batas ligeras de algodón grises y negras —ideales para el calor de agosto—, charlaban alegremente sentadas en mullidas poltronas que rechinaban, y otras en cómodos equipales hechos de palo de arco. Sobre una mesa de madera rústica (de mezquite, me pareció) no había pócimas extrañas, sino transparentes jarras de agua de oasis, quesos de cabra oreados y varios canastos rebosantes.

La bruja mayor, que resultó ser la misma que nos observaba desde el cardón, se acercó sonriente.

—Sabíamos que venían, Eliseo —dijo, llamándome por mi nombre sin que yo me presentara—. El Consejo aprobó su visita porque sabemos perfectamente qué es lo que andan buscando con tanto empeño por estos caminos de Dios.

 

Se hizo a un lado y nos señaló los canastos. Elsa y yo abrimos los ojos de par en par. Estaban llenos de ciruelas del monte, pero no de las comunes; eran unas piezas enormes, doradas y rojas, tan dulces que su aroma inundaba toda la cueva.

—Los letreros de peligro afuera son para alejar a los curiosos que no respetan la sierra —explicó otra de las brujas, mientras nos ofrecía un puñado de frutos—. Pero a los que caminan el monte con respeto, siempre les tenemos guardado un tesoro.

Pasamos una tarde inolvidable platicando con ellas sobre las viejas leyendas de Las Cacachilas. Tomamos café de talega, comimos coricos y empanadas de frijol dulce; aunque lo más rico que saboreamos fueron las ciruelas: son las más sabrosas que hayamos probado jamás.

Al caer la tarde, cuando el sol empezó a teñir el mar con el arrebol del cielo, supimos que era momento de retirarnos. Nos despedimos agradecidos.

Al salir a la vereda y volver la vista atrás para tomar una última foto, la cueva ya no se alcanzaba a ver. En su lugar, allá en lo alto de la cresta de la montaña, solo quedaba la imponente figura de piedra que asemejaba la silueta de una vieja mujer con su sombrero puntiagudo, vigilando eternamente el camino a Las Pilitas, custodiando en secreto el huerto mágico de las hijas de la naturaleza.




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