Las brujas de Las Cacachilas
Cuento por Eliseo Santana A.
Las brujas me pidieron no revelar la ubicación de su guarida, así que no puedo decirles que su montaña está cerca de La Paz, en la sierra de Las Cacachilas, y que si se observa a la distancia desde el camino que va a “Las Pilitas” podrás ubicar el lugar (chequen las fotos). Mis amigas brujas tienen ahí, en una enorme cueva, el Centro Regional de Brujas Buenas A.C. Aunque debo comentarles que existe otro centro con un nombre parecido pero que afilia puras brujas malas; la mayoría de estas se dedican a la política y, por cierto, en estos momentos andan en campaña… Pero eso es otro cuento; continuemos con este.
Por la estrecha vereda que lleva al lugar, que es casi un
camino de herradura, se puede llegar difícilmente por tierra, pero las
hechiceras casi nunca lo utilizan (solo las que han perdido sus poderes, su
varita o su escoba). Las demás llegan volando, como toda bruja decente lo debe
hacer. Bueno, pues por ese camino subimos Elsa y yo al mágico lugar.
En el trayecto pudimos observar que hay anuncios y
advertencias: ¡¡¡NO ACERCARSE!!!, ¡PELIGRO!, ¡REGRESE POR DONDE VIENE! Elsa
empezó a preocuparse y me preguntó:
—¿Y si mejor nos regresamos?
Le dije que no se alarmara, que había avisado al “Consejo de
Brujas” la intención de visitarlas ese fin de semana en su sede y que no habría
problemas.
El camino cada vez se hacía más empinado y difícil; algunas
rocas se desprendían con facilidad al pisarlas. Faltando ya poco para llegar a
la cueva, el terreno se hacía más plano, aunque la vereda continuaba estrecha,
rodeada de enormes peñascos color ocre, gris y negro. De entre ellos surgían
enormes torotes, palos blancos y ciruelos totalmente deshojados, muy
enmarañados. Sentí que nos veían; volteé y, desde un enorme cardón, una lechuza
blanca nos observaba.
El ave giró la cabeza con una lentitud que nos heló la
sangre, pero en lugar de lanzar un graznido de mal agüero, soltó una risita
ronca, idéntica a la de una anciana traviesa. En un parpadeo, la lechuza
extendió sus alas blancas y voló directo hacia la boca de la enorme cueva que
se abría frente a nosotros. Al cruzar el umbral, su silueta plumosa se
transformó en la sombra de una mujer de falda larga y sombrero puntiagudo.
—Pasen, pasen, que aquí no asustamos si vienen en son de paz
—resonó una voz ecoica desde la penumbra.
Elsa me apretó el brazo, pero la curiosidad pudo más que el
miedo. Entramos. La caverna no era un lugar oscuro lleno de telarañas; para
nuestra sorpresa, estaba iluminada por la luz del día que se colaba entre las
grietas del techo de piedra ocre. En el centro, varias brujas jóvenes y otras
de avanzada edad, vestidas con batas ligeras de algodón grises y negras
—ideales para el calor de agosto—, charlaban alegremente sentadas en mullidas
poltronas que rechinaban, y otras en cómodos equipales hechos de palo de arco.
Sobre una mesa de madera rústica (de mezquite, me pareció) no había pócimas
extrañas, sino transparentes jarras de agua de oasis, quesos de cabra oreados y
varios canastos rebosantes.
La bruja mayor, que resultó ser la misma que nos observaba
desde el cardón, se acercó sonriente.
—Sabíamos que venían, Eliseo —dijo, llamándome por mi nombre
sin que yo me presentara—. El Consejo aprobó su visita porque sabemos
perfectamente qué es lo que andan buscando con tanto empeño por estos caminos
de Dios.
Se hizo a un lado y nos señaló los canastos. Elsa y yo
abrimos los ojos de par en par. Estaban llenos de ciruelas del monte, pero no
de las comunes; eran unas piezas enormes, doradas y rojas, tan dulces que su
aroma inundaba toda la cueva.
—Los letreros de peligro afuera son para alejar a los
curiosos que no respetan la sierra —explicó otra de las brujas, mientras nos
ofrecía un puñado de frutos—. Pero a los que caminan el monte con respeto,
siempre les tenemos guardado un tesoro.
Pasamos una tarde inolvidable platicando con ellas sobre las
viejas leyendas de Las Cacachilas. Tomamos café de talega, comimos coricos y
empanadas de frijol dulce; aunque lo más rico que saboreamos fueron las
ciruelas: son las más sabrosas que hayamos probado jamás.
Al caer la tarde, cuando el sol empezó a teñir el mar con el
arrebol del cielo, supimos que era momento de retirarnos. Nos despedimos
agradecidos.
Al salir a la vereda y volver la vista atrás para tomar una
última foto, la cueva ya no se alcanzaba a ver. En su lugar, allá en lo alto de
la cresta de la montaña, solo quedaba la imponente figura de piedra que
asemejaba la silueta de una vieja mujer con su sombrero puntiagudo, vigilando
eternamente el camino a Las Pilitas, custodiando en secreto el huerto mágico de
las hijas de la naturaleza.
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