lunes, 10 de agosto de 2026

La trampa de las encuestas de Morena

 


Eliseo Santana A.

El método de encuestas de Morena para elegir a sus candidatos se ha afianzado como uno de los mitos más convenientes de la política contemporánea entre los morenistas. Mientras la narrativa oficial del partido lo defiende como lo más chingón de la democracia participativa, la realidad —denunciada sistemáticamente por militantes, opositores y los propios aspirantes damnificados— revela un mecanismo caracterizado por la opacidad, la falta de información y un diseño metodológico que parece calculado para justificar la decisión previa de las cúpulas. Es, en esencia, un arbitraje centralista disfrazado de ciencia social; un dedazo disfrazado de acto democrático.


La trampa de este sistema no reside únicamente en el hermetismo histórico que rodea a las llamadas "encuestas espejo", cuyas bases de datos, muestras exactas y trazabilidad regional jamás se transparentan de cara a las bases ni a los aspirantes. El verdadero núcleo de la discrecionalidad se encuentra en el sofisticado esquema de ponderación cualitativa que desplaza a la voluntad popular directa. En los procesos internos, la pregunta crucial de intención de voto —el "¿por quién votaría usted?"— representa apenas una fracción del puntaje final. El resto del valor se distribuye en atributos sumamente subjetivos y difíciles de auditar, como la percepción de "honestidad", "cercanía con el pueblo" o el ambiguo criterio de "competitividad" frente a la oposición; esos números los ponen las cúpulas, aunque digan que no.

Este diseño de matrices cruzadas genera un escenario perverso: un aspirante puede ganar holgadamente en popularidad e intención de voto, pero terminar siendo desplazado si el comité dictamina que sus rivales tienen mejores calificaciones morales o si se aplica la obligatoria cuota de paridad de género. Así, el sistema de puntos se convierte en la herramienta perfecta para vetar perfiles incómodos y legitimar la imposición o el "dedazo institucional" bajo el argumento de evitar "negativos altos".

Este cuchupo acaba de exhibirse por completo en Baja California Sur. La reciente y urgente reunión a puerta cerrada entre el delegado especial del Comité Ejecutivo Nacional (CEN), Gabriel García Hernández, y los aspirantes a la gubernatura —la alcaldesa de La Paz, Milena Quiroga Romero; el diputado federal Manuel Cota Cárdenas; y el alcalde de Los Cabos, Christian Agúndez Gómez— evidenció la fragilidad de un proceso interno que hoy se sostiene con alfileres. Aunque el discurso institucional insista en vender "unidad y disciplina", el manotazo en la mesa dado por el enviado de la Ciudad de México para "poner en paz" a las facciones locales expone una realidad incómoda: la guerra sucia y los golpes bajos entre los equipos sudcalifornianos amenazaban con reventar el partido antes de que se levante la primera entrevista. El llamado al orden confirma que al menos dos de los pretensos no están conformes con lo que perciben como la imposición del tlatoani local.

Para el electorado sudcaliforniano, caracterizado por un arraigado orgullo regional, la estampa de sus líderes locales alineándose de forma sumisa ante un operador político del centro del país envía una preocupante señal de debilidad. Se refuerza la narrativa de que las decisiones clave del estado no se toman en el territorio, sino en las oficinas de la capital mexicana. Baja California Sur ha demostrado históricamente ser un terreno de alternancias drásticas cuando los gobernantes en turno exhiben desorden institucional o abusan del poder. Hoy, entre la sumisión al centralismo de sus precandidatos, los expedientes abiertos por corrupción local y la espada de Damocles que representa la política de seguridad exterior, Morena se encamina a un proceso interno que, lejos de garantizar la continuidad, podría ser el inicio de una estrepitosa ruptura con el electorado informado y crítico.

Las encuestas, una vez más, corren el riesgo de ser el preludio de la imposición; una imposición que podría ser rechazada por los sudcalifornianos cuando llegue el momento de votar. ¡A fuerza ni los zapatos entran! No se puede obligar a un pueblo a pensar, sentir o actuar de una forma que no desea, Adán Rufo Velarde (1993) y Leonel Cota Montaño (1999) lo confirman, ambos confirmaron que el partido oficial si podía perder, que no era imbatible… ¿porque Morena seria la excepción?, además parece que como hacen las cosas, lo están buscando.

 


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